
Si pienso en ella, vienen a mí las lilas,
Rodeando su imagen, dibujando
Su estela. Y también su mirada de niña
A la que le arrebataron los juguetes, porque, por más que duela,
Era la investidura de la resignación arrastrando
Las pantuflas de la vida. Eso no se escapa a los ojos curiosos
De la infancia, mi infancia que la observaba
Raramente reír para luego internarse en túneles
Secretos, esos que nunca comprendí.
Quizás su pena de raíces tan profundas,
Nació con la certeza que nunca nadie la querría
Lo debido. Sólo en el jardín
Revivía. Sus manos de jardinera fiel siempre atentas al grito
De la savia, al clamor del brote y la sed del tallo
Como una Perséfone cada primavera. Recuerdo
El vergel de rosas en cascada,
Las hortensias encaramándose a las nubes, las fresias, azaleas,
Azucenas, los jazmines, los jazmines … suicidando su sensualidad
En cada ocaso. Luego, su paciencia de artesana enhebrándole
Hilos a las penas, bordándole delirios a las horas,
Trenzándolas en puntos bajos y cadenetas de silencios.
Nadie, nadie le contó que la vida también podía ser alegría.
Así el tiempo se movió lento, a través de la ventana,
Esa que se abría cada mañana, nunca de par en par,
Esa pantalla de cine por la que transcurrieron sus días,
Siempre detrás de las cortinas.

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